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Lo obvio de ser previsible (también en marketing y comunicación)

Supongo que todas las empresas que tenemos un blog teníamos en nuestro calendario editorial hablar del año 1 de la pandemia, al igual que en San Valentín se habla de amor, en Navidad de salud y en Telecinco de cuernos.

Es curioso, lo previsible que en general es el ser humano, nos apasiona el confort de lo obvio que abrir camino a lo incierto, salvo para nuestros políticos de ficción, obviamente. Quizá por eso una tal Ayuso es presidenta de la principal Comunidad Autónoma española y decide convocar elecciones en medio del mayor problema global de la historia reciente y un tal Pablo Iglesias decide dar un paso atrás en su asalto a los cielos y para batirse en duelo con ella como si la vida fuera una serie de HBO o Netflix. Es lo que también puede pasar cuando se derrota a la previsibilidad, que puedes caer en la imbecilidad.

Llevado al contenido de marca, la previsibilidad es planificar un contenido que no te diferenciará en nada de los miles de iguales y que interesará aún menos a nadie, salvo que lo que vayas a decir sea realmente diferencial. En las agencias pasa mucho, las prisas, los plazos, la presión, a veces te aboca a lo obvio. Por eso cuando vimos en nuestro propio calendario hablar de la pandemia, nos pareció cojonudo, unos hachas… Hasta que llega el día y te dicen, ¡eh, falta el post de la pandemia! Para matarnos…

Pensemos. ¿Qué coño puede haber en nuestra compañía que nos haga objeto de estudio científico por haber aprendido, vivido o sufrido algo distinto a lo que como sociedad hemos tenido y tenemos que padecer aún?  

Sí, hemos sufrido pérdidas de familiares y amigos, y nos falta el aliento al recordarles.

Sí, hemos llorado, como miles y miles de ciudadanos del mundo.

Sí, hemos tenido compañeros que han sufrido la enfermedad en grados distintos y con consecuencias todavía vigentes. Son los que nos recuerdan que la Covid-19 nunca fue una broma, una exageración, un cuento chino que no afectaba a los machotes patrios de mascarilla verde benemérita con bandera de España (machotes que hay en todos los países, por desgracia).

Sí, hemos aprendido a teletrabajar sin saber cómo teletrabajar.

Sí, hemos cogido el gusto a no tener que ir a la oficina, pero no hemos aprendido a desconectar en un grado mínimamente humano.

Sí, hemos vuelto a descubrir como tu país, ese país de la UE en muchas cosas modelo de bienestar, está a años luz en políticas de conciliación.

Sí, hemos aprendido a concentrarnos en lo que está en nuestra mano, en todo aquello que depende al cien por cien de tu voluntad. Lo que no depende de ti, no lo puedes controlar. Incluso haciendo todo bien, puede que te vaya mal. Pero si no lo haces todo bien, te va a ir mal seguro.

Sí, hemos aprendido que hay compañeros que en circunstancias normales se escaquean, pero en pandemia se escaquean mejor.

Sí, hemos aprendido cuánto queremos a nuestros hijos, cuánto, cuánto, cuánto.

Sí, hemos aprendido a ser más resilientes, a combatir más duro, a aceptar que puedes perder, pero lo que no puedes es dejarte ganar.

Sí, hemos aprendido que somos efímeros.  

Por eso nos negamos a publicar un contenido el día 14 de marzo de 2021 para hablar de un año para olvidar que nunca olvidaremos.

Mientras nos dábamos cuenta de nuestra obviedad, la actualidad nos recordaba que a veces la previsibilidad no es tan mala. En esos momentos, Ayuso e Iglesias ya chocaban su cornamenta al grito de “comunista”, “facha”, “macho alfa”, “corrupta”, y el coliseo rugía enfervorecido consumiendo birras, likes y memes en la barra de bar de la batalla. Mientras, el pueblo previsible seguirá pensando qué coño hemos aprendido de esto para el futuro, qué debe pasar más grave que nuestros abuelos, padres, hermanos y amigos se mueran para aunarnos en un propósito común como sociedad y país, para trabajar menos y mejor, crear empresas orientadas a la productividad, conciliar vida y trabajo…

Es la tercera posible consecuencia de ser previsible. Que te tomen por imbécil.

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