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Mierda enlatada

Vivimos ahogados por las cifras, los datos, por esa tasa que sube y baja cada día y que hace balancear nuestro estado de ánimo. Nuestra dependencia de los números ha llegado a límites insospechados.  

Llevamos 141 millones de personas infectadas por la Covid-19 en el mundo, 80 millones ya se han recuperado y 3 millones han fallecido. El PIB de España ha registrado un descenso histórico de un 11%, las ayudas provenientes de los fondos de recuperación europea alcanzan la cifra de 750.000 millones de euros, la producción de vacunas ha aumentado un 30% en las últimas semanas y los proyectos de vacunación tienen ambiciosos objetivos de tener inmunizada a un 80% de la población española a finales de este verano.  

Animamos a nuestros hijos a estudiar carreras de números, de ciencias, de matemáticas cobijados bajo un utilitarismo con la idea fehaciente de que solo aquello que rodea a las cifras podrá ser útil para su futuro, y el nuestro. Vivimos tiempos en los que suena casi ridículo o, peor aún, bohemio, hablar de la necesidad del latín, el griego, el arte, la poesía, la filosofía… Nos hemos mecanizado y subyugado al poderoso dominio de los números y cada vez somos más sensibles a su poder.  

El famoso escultor francés, Auguste Rodin, decía que “útil es todo lo que nos da felicidad”. Ver una película que nos emocione, leer una novela que nos haga viajar estando sentados trasladándonos a otro espacio y otro tiempo, acudir al teatro a reír con las historias de otros sin saber muy bien por qué o, simplemente, sentir cómo se nos eriza la piel con la melodía de una canción; son placeres cada vez más escasos pero, al mismo tiempo, cada vez más necesarios. Y lo hemos visto cuando nos hemos sentido encerrados como leones en sus jaulas durante semanas en las que parecía que todo se derrumbaba en el exterior. 

Paradójicamente, para ser mediterráneos y calmos, nuestro lenguaje tiene varias referencias para condenar a aquel que se dedica de vez en cuando a la contemplación, al necesario descanso o a aquellas cosas consideradas inútiles: “tocarse los huevos”, “no dar palo al agua”, “pelar la pava”… Nos encanta mirarnos en grandes espejos y determinar cuánto dista nuestra sociedad de las civilizadas culturas escandinavas, donde la hierba crece más verde. Pero somos incapaces de interiorizar como necesaria la famosa práctica danesa del hygge que consiste, básicamente, en crear entornos que propicien situaciones de comodidad, relajación, descanso y bienestar. Porque irnos a la idea italiana del “Dolce far niente” (literalmente: el placer de no hacer nada) nos parece, simplemente, una auténtica locura. Ya sabemos: “tempus fugit”. Espabila, corre, date prisa, recíclate, sé tu mejor versión… o calla y muere para siempre. 

No por azar en las últimas décadas a las disciplinas humanísticas y artísticas se las considera inútiles y son marginadas tanto en programas escolares como en fondos estatales. ¿Por qué gastar dinero o tiempo en saberes que solo aportan escaso rendimiento económico? Aún no hemos querido aceptar que es precisamente de los saberes considerados “inútiles” de los que se alimenta nuestra alma. ¿Qué habría sido de nosotros durante todos estos meses sin un libro, una película o una canción con la que poder escapar de la dolorosa realidad? 

En su manifiesto “La utilidad de lo inútil” el filósofo Nuccio Ordine ya decía que “el saber constituye por sí mismo un obstáculo contra el delirio del dinero y el utilitarismo” y manifestaba “la vital importancia de aquellos valores que no se pueden pesar y medir con instrumentos ajustados para evaluar la quantitas y no la qualitas reivindicando el carácter fundamental de las inversiones que generan retornos no inmediatos y, sobre todo, no monetizables. 

El arte, la literatura, la música, el cine, el teatro y todas estas disciplinas consideradas “inútiles” son el sustento de la naturaleza humana, el hálito que nos empodera, la fuerza que nos impulsa mágicamente, sin más afán que sentirnos las alas, hacia adelante; más aún, en tiempos aciagos como los que nos toca vivir. 

Si Einstein no hubiera tocado el violín cada vez que se atascaba en sus geniales pensamientos, quizás hoy no tendríamos la Teoría de la Relatividad. Si a Gillian Lyne no le hubieran cambiado los pupitres por la “tontería” de la escuela de baile, probablemente nos habríamos perdido musicales tan memorables como “Cats” o “El fantasma de la ópera”. Si el zarrapastroso de Steve Jobs no hubiese acudido por su cuenta a “inútiles” clases de caligrafía, millones de ordenadores en todo el mundo se habrían quedado sin las bellas tipografías de Apple.    

Dejemos de ver como algo incompatible la sed de arte del ser humano con el beneficio (económico), pues todo aquello que es bueno para nosotros termina por serlo también para la sociedad. Hasta un “inútil” ladrillo sueña con ser, algún día, un edificio inolvidable. Hasta las flores más delicadas, pequeñas y raras son capaces de abrirse camino -sin más propósito que servir humildemente al extraordinario hecho de la belleza- entre escombreras inútiles. Esa escombrera también llamada lunes, fin de mes, horas extra, declaración de la renta o confinamiento. 

Y no dejemos caer en el olvido que una vez el artista italiano Piero Manzoni vendió su célebre obra “mierda de artista” en lata por la “inútil” cifra de 275.000 euros. He aquí nuestra aportación, eso sí, más modesta, para reivindicar la importancia del Día del Libro, del Arte y de la Creatividad. 

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